Venga, vamos, que ya llegó la feria. La de día y la de noche. Sí, esa cosa que alguien concibió para, con lo que nos gusta el levantamiento de vídrio, transformar nuestro pobre hígado en paté, el estómago en estercolero y la cabeza en bombo. Del colesterol atocinado, mejor no hablar. Porque entre la refrescante cañita, la copa de manzanilla, el rebujito, la escasa ración de una carne salada a la que llaman jamón, las fritangas (¿pescaito frito?), el gazpacho y lo que se ponga por delante, el cuerpo (humano, se sobreentiende), pide jota y no aragonesa precisamente.
Claro, que después viene el tío Paco con las rebajas (el resacón). Pero para eso está el ácido acetilsalicílico, vulgo aspirina o, en su defecto, las famosas vitaminas que hacen que los riñones sean un coladero de muy señor mío. De ahí la esencia a crustáceos y moluscos sanluqueños con la que uno se puede topar en las mísmísimas narices en el mejor de los casos. Lo malo llega cuando, tras la real meada, aparecen los conocidos y conocidas que, tras evacuar un par de litros de rubia con espuma, te estrechan la mano y, de paso, te dan un soberano sobado en la mismísima espalda, mientras que compruebas que te han tomado por una toalla portuguesa.
Si a esto le sumamos la caló, el estrépito estridente de las muy extremeñas sevillanas y el pelotazo de garrafón con solera, es evidente que la feria es una cosa muy seria. Bueno, tan seria, que algunos se la pasan pretendiendo arrinconar todo lo que de infame tiene esta vida y la otra; esta por razones obvias y la otra por lo mismo, apoyados en la barra casera que se han montao para montarse, y no encima curiosaménte (normalmente metálica, con más rebaba que los clavos de un circo, pringosa, mostosa y que rara vez se ve restregada por un paño de esos de color y olor indefinible). Ah, y si está de Dios, aceptan gustosos impregnar sus pulmones de esa mezcla canutera que, además, sienta tela de guay.
Digo yo, que habría que hacerle un monumento al gachó que se propuso darle al mediodía pacense esta golosina tan receptiva como agradable al paladar. Son muchos y muchas (no sea que se enfade Bibiana y la jodamos), que no se pierden esta juega diurna, que llegan a buen paso y terminan detrás de su propia sombra hasta llegar al catre, si es que llegan, claro está. También están los especialistas en el arte del empalme. No son, como cualquier mente calenturienta pudiera pensar, los aficionados al roce y sobeo. Que vá, hombre. Son los que, ya con el punto y seguido, se desplazan al lejío para seguir dándole satisfaccion a las papilas degustatívas, aunque la lengua sea ya un estropajo tan reseco y descompuesto que hace difícil, por no decir imposible, pronunciar dos palabras seguidas. Claro que tampoco se necesita mucho, pues tan solo hay que levantar el vaso (de plástico, naturalménte y de color verde estridente) para que, al que le ha tocado el mochuelo de aguantar lo inaguantable, se de por enterado y escancie el segoviano con la cola de turno.
Pero, lo más curioso (y que me perdonen los aconfesionales de turno), es que esta semana festera está dedicada a San Juan, patrón de la ciudad y al que nadie, para su desgracia, le hace ni puñetero caso. Debe de ser que como es el Bautista, y no el otro, en vez de agua bendita, se utiliza la bendita cerveza que, si bien va directa al estómago, más tarde se suele subir a la cabeza. ¿Qué mejor Bautismo?.
Por eso, y porque el calendario es así de caprichoso, bienvenida sea la feria, la de San Juan y, de paso, San Pedro. Y la mosca, como siempre, en el medio.
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Gabriel Enrique Sardina Sánchez.
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