No, no se trata de las famosas colas que hemos visto en añejas fotos color sepia en plena época de racionamiento y necesidades, cuando comer era un milagro como sucederá el día menos pensado, al menos que se nos aparezca la Virgen y ruegue a su Hijo que monte un espectaculito al más puro estilo bíblico y multiplique los panes y los peces, cosa santamente inviable por mucha fe que le pongamos al asunto. En su defecto podemos tirar de San Judas Tadeo, San Expedito o a Santa Rita que, según tengo entendido, parece ser que gozan de una envidiable reputación en los altares.
Pero dejémonos de fenómenos más o menos creíbles, según para quien y como, y adentrémonos en la cuestión, ilógica por cierto del siglo XXI, pues por arte de magia de no se quien, aunque me lo figuro, estamos empezando a ser testigos del fenómeno de las colas al igual que en los infelices 40.
Sin ir más lejos, hay que tener más paciencia que el santo Job para, por ejemplo, renovar el DNI ya que, como mínimo, la espera puede rondar las dos o tres horas. ¿Falta de funcionarios? No lo se, aunque de ser así, digo yo, habría que darle un tironcito de orejas a quien corresponda. Lo malo es que, a quien corresponde, se está pegando un lujazo de vacaciones a costa de los paganinis de siempre. Me dicen que hasta Badajoz se desplazan los vecinos y naturales de las capitales limítrofes de Huelva y Sevilla, que prefieren hacerse una pila de kilómetros por lo mismo de lo mismo. Esto me hace pensar que los, otra vez responsables de la cosa de las dos andaluzas ciudades, están a lo suyo al igual que el de aquí: a vivir que son dos días y a los demás que les den por donde justamente la columna vertebral pierde su bello nombre.
Me dicen que también hay que soportar lo suyo para solicitar el pedazo de sueldazo que el inquilino de la Moncloa se ha inventado para que muchas familias, en vez de hambre, tan solo tengan apetito.
Y si por esas casualidades que tiene la vida, la mente (en unión de las piernas) tiene la osadía de adentrarnos por el centro de Badajoz, habrá que hacer cola para cruzar de una calle a otra, para cambiar de acera (sin tener que salir del armario), otro parón y la consabida cola porque el señor del pico y la pala está saludando a un primo segundo que habitualmente reside en San Poyato del Penedés, tras la cordial y relajada conversación, otra cola porque el señor de la maquinita está haciendo maniobras para desplazar un par de sacos de cemento dos o tres metros como mucho. Y como el calor aprieta, no falta el tío de la manguera al que le importa tres pitos que estemos un centenar de personas esperando, como es de suponer, en una larga cola.
Y así podría seguir horas narrando el sufrimiento de las colas como las que uno se encuentra en las administraciones de loterías, pero estas por lo menos tienen sentido y no importa esperar pues de lo que se trata es salir de pobres, que ya tiene su mérito. En fin, que las colas se han puesto de moda para sufrimiento del que espera y, ya se sabe: el que espera desespera, sobre todo cuando desesperarse se está convirtiendo en el deporte nacional. ¿Habrase visto?
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Gabriel Enrique Sardina Sánchez.
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