Creo que ya tenemos asumido que, al igual que la primavera, las rebajas y un montón de petardazos llegan, no cuando así lo indica el calendario, si no cuando lo estima pertinente “elcortinglé”, o lo que es lo mismo, uno de los muchos Palacios del Consumo con los que cuenta nuestra cada vez más modernizada ciudad, presumiblemente y en adelante más pensada en los transeúntes que en los caballos de metal, vulgarmente llamado coches.
Y es ahora, bueno, hace casi un mes, día más o día menos que, como es menester, la vuelta al cole, ¡cómo no!, llegó al ya mencionado “tijerazo británico”, que viene a ser como el verduguillo con el que el maestro en el arte de cúchares, manda al otro mundo al morlaco. Al otro mundo o a la carnicería ya que al igual que sucede con el noble bellotero (en plena dehesa: cochino), del toro se aprovechan hasta los cuernos (dicho sea con todos los respetos del mundo a todos aquellos y aquellas que los lucen no sin cierto orgullo).
Pues eso, que la famosa “vuelta al cole” y su desmedido gasto cambia a color rojo, los pocos números de color negro que quedan en la cartillita de ahorros que con tanto primor se guarda en su fundita transparente. Porque la enseñanza, que evidentemente es gratuita, se basa en una colección de libros, más bien una biblioteca, que las criaturitas tienen que soportar en clase, en casa y en la espalda. Que más que estudiantes parecen militares de maniobra.
Pero como siempre hay un roto para un descosido, el cabeza de familia, presenta los consabidos certificados certificables y, libritos gratis. No es esta mala idea para las familias que lo están pasando económicamente mal y que, con los cuatrocientos y pico de leuros que les escupe en la mano ese grupo de gente bien que se reúne todos los viernes en el Palacio de la Moncloa, no tienen ni para respirar aunque estemos en pleno enero.
Pero son otros muchos, cuya cara es más dura que el cemento armado del que se utilizaba cuando la construcción era una importante fuente de ingresos, y con el certificadito, la nómina reducida y sin que nadie se entere que se acaba de comprar un chalé y un mercedes gracias al dinerito negro que se embolsa mensualmente, tiene los mismos derechos que los que no tienen ni casi para comer. Y, claro está, se apuntan al chollo de los libritos gratis que “pa eso lo hemos votao”.
Por si fuera poco, desde el gobierno regional se ufanan de gastarse una pasta gansa en libros y material escolar y en los famosos ordenadores que, curiosamente, no se suelen utilizar en clase. Entre otras cuestiones porque ningún alto cargo se ha preocupado de que los profesores realicen los cursos pertinentes para que se pueda trabajar con ellos, con lo que se conseguiría sustituir a los famosos libros. Pero no, está más que claro que “lo que natura no da, Salamanca no presta” y en este sentido seguimos como siempre, en la retaguardia.
¿Y qué más da que las familias se tengan que gastar un dineral que en muchos casos no tienen? Por favor, ¿Con lo bonito que quedan los ordenadores encima de los pupitres, nos vamos a preocupar de tonterías?