El dinero, como tal, es un invento más del ser humano. Alguien, vete a saber cuando, atribuyó a unos metales concretos un valor para poder comerciar con otros seres humanos, de forma que se avanzaba del antiguo trueque hacia algo distinto. Un pequeño paso para aquel hombre, pero un gigantesco paso para la humanidad.
El por qué se decidió que fuesen metales como el oro y no por ejemplo los fragmentos de peñascos, trozos de leña o cáscaras de almendras, se debe, casi seguro, a la “teoría del los bienes escasos”. El oro no abundaba y además era costoso de extraer. Una simple piedra la podía coger cualquiera en cualquier sitio, mientras que poseer oro era algo mas complicado. Por ello el Gobernante (por una cuestión de simple poder) podía controlar la cantidad existente de ese metal valioso. Podía además decidir quién podía extraerlo o no (concesiones, licencias…).
Al perfeccionarse las monedas como valor de cambio, su “valor” dependía y respondía a su peso en el metal en que estaban acuñadas (cobre, plata, oro). En todo caso, lo importante de esta etapa es que el dinero tenía un valor concreto respaldado por algo tangible, sólido, resistente, perdurable en el tiempo.
Tiempo después se da un nuevo paso adelante, ya que el dinero-metal-noble se convierte en papeles que “garantizan” un equivalente en ese metal-noble. Así nacen los billetes o los pagarés, que expresan, como un acto de fe, que tiene una equivalencia con una cantidad de oro, plata, etc. de forma que su tenedor podía intercambiarlos cuando quisiera. Pero, al menos, los gobiernos o los bancos centrales de cada país mantenían unas reservas de oro o plata que respaldaban lo que los billetes y monedas decían valer. No olvidemos que las monedas pasan también a acuñarse en metales menos nobles con un peso y valor no equivalente al valor nominal que expresan.
Más adelante, en una tercera etapa (que nos debió pillar a todos con resaca), los gobernantes avanzan un nuevo paso ya que el dinero (los papelitos) deja de estar respaldado por oro o cualquier otro metal-noble.
En esta etapa los billetes y monedas (que manejamos aun nosotros) ya no prometen siquiera a su tenedor que podrán ser canjeados por su equivalente en oro u otro metal-noble. Los gobiernos dejan así de necesitar tener reservas de oro y, por supuesto, el valor nominal del dinero que circula, no tiene equivalente alguno con ese metal noble o con cualquiera otro innoble.
En esta etapa, además, el Gobernante simplemente hace uso de un decreto para decidir la creación de dinero. Se limita a fabricar papeles al coste del propio papel. Pero al menos los papeles y monedas “existen”, son tangibles, se pueden tocar con los dedos. Pequeño consuelo. Muy pequeño.
Es muy importante entender bien este último paso, ya que de “fiarnos” del valor de un billete o moneda, por saber que se respalda en algo a lo que atribuimos valor, pasamos a “creer a ciegas” que ese dinero vale lo que dice valer. Es evidente que en ese momento nace el “gran engaño” “la gran falacia” por la que todos nos dejamos en su día engañar. Además (pequeño detalle) de que nos hace cómplices a gobernantes y gobernados. Todos generamos la ficción y entre todos la mantenemos.
Pero llegamos, además, a la cuarta etapa, la actual y más peligrosa: la etapa informática, en la que el dinero pasa a ser algo puramente fruto de la imaginación. Son unos bytes en el espacio, unos meros apuntes en un ordenador. Eso si, conviviendo con los papelitos y monedas tangibles. Pero del matrimonio entre el dinero imaginario-informático (por una parte) y las bolsas y la especulación (por otra), nace un dinero-bebé que, si bien era deseado y fue concebido con placer, traía una enfermedad incurable: una propensión incontrolable a la obesidad mórbida. El bebé engorda y engorda. Duplica su tamaño, lo triplica….. Y a ello contribuyen sus padres, sus abuelos, todas sus tías, los hermanos, hasta los primos lejanos. Todos quieren alimentar a esa criatura insaciable.
Es decir, el dinero imaginario crece hacia el infinito sin ningún control. Pero con un problema claramente identificado consistente en que, de vez en cuando, el “tenedor” de ese dinero imaginario (especuladores varios) decide transformarlo en dinero real (los papelitos y monedas que aun manejamos).
Y esto último genera, a su vez, un doble problema. Por una parte quita del mercado un montón de papelitos lo que genera una sensación de escasez. Por otra parte obliga a los gobiernos a darle a la máquina de hacer más papeles, para suplir esa escasez.
Muchísimas personas son conscientes de esto último. Si embargo todos los gobernantes actuales se ponen de acuerdo en huir hacia delante.
Vivimos en una ficción y parece que nadie quiere reconocerlo. Pero esa ficción no es eterna. Está llegando a su fin.
Nosotros, a nivel local, aceptamos el euro como los habitantes de Frigia al pastor Gordias. Sin rechistar. Lo proclamamos nuestro rey, sin preguntar. Dimos por bueno que 100 pesetas se convirtieron en 1 euro. Y 1000 pesetas fueron 10 euros. Como recordamos que aquel piso de 10.000.000 pasó a valer 100.000 euros. Todos aceptamos esta situación como Real porque el oráculo nos hizo la predicción de que nuestra integración en Europa, por la puerta norte, nos conduciría a conquistar el bienestar. Seríamos europeos hasta en los salarios.
Y ahora nos encontramos ante un nudo que somos incapaces de desatar. Muchos lo intentan: “buscando un cabo de donde tirar, algún punto débil, cualquier fisura en la ligazón que pudiera aprovechar……”
Solo necesitamos un Alejandro, una espada y una tormenta con truenos.
Porque seccionar esta ficción de un certero y enojado espadazo puede que sea la única solución. “Toca ahora tomar dramáticas decisiones a corto plazo como primer paso para las reformas estructurales que nuestra sociedad necesita. Porque es eso o el caos.”
Y por supuesto, como nos enseña la Historia, es preciso que el oráculo hable por segunda vez: “Quien sea capaz de desatar el nudo será el amo del mundo”
Aunque me temo que así como Alejandro lo desató y fue hacia Oriente, será ahora Oriente quien lo desate y venga hacia Occidente. Al buen entendedor…